23 octubre 2013

!SEÑOR.... DE LOS MILAGROS!

Procesión Buenos Aires (Foto: E.V.G)
El día domingo 20, la réplica del “Señor de los Milagros” salió a recorrer las calles porteñas en medio de un gentío que seguramente se acercó al lugar por la fe que le tiene a la imagen. Los punguistas, los borrachos, los asquerosos, los mediocres y hasta los farfulleros seguramente también se deben haber acercado por “Fe”.
No sé, cuando fue la primera vez que recorrió las calles de Buenos Aires, quizás para la próxima averigüe un poco la historia del “Cristo de Pachacamilla” en las calles porteñas. Su replica se encuentra en la iglesia La Piedad ubicada en la calle Bartolomé Mitre con esquina Paraná.

Desde el 16 de marzo de 1992, fecha que llegue a la Terminal de Retiro, nunca he tenido la oportunidad de acompañar la procesión. Han sido diversas circunstancias las que han impedido que asista. Ni una sola vez. Quizás sea que siempre que he querido ir, los amigos que ya habían participado me solían contar que el recorrido era un tendal de basura y borrachos, de calles malolientes y compatriotas maleducados. No sé si eso ha cambiado, espero que sí. Este año había planificado asistir, pero a última hora se entremezcló con la celebración del día de la madre que se celebra el tercer domingo de octubre.

Quizás el año próximo decida asistir. El tiempo marcará sus propios caminos e inevitablemente, como habitualmente suele suceder, Yo, simplemente me dejaré arrastrar. Muchas cosas deben haber sucedido el domingo 20, pero al menos por ahora no son de mi interés. Lo único que llegó a mis oídos, es que hay dos “Señor de los Milagros”, uno en el Barrio de Congreso y otro en el  Barrio de Flores. No quiero investigar más, por que supongo que dicha división se debe a lo habitual dentro de la Colectividad peruana en Buenos Aires: “Todos quieren ser presidentes”, como siempre digo, “aunque sea presidentes de la pindonga”.

Uno de los recuerdos que se acaba de colar mientras trataba de escribir este texto, es aquél  Cristo de Pachacamilla de la escuelita primaria en aquél pueblito (a 80 km. de Lima) de una parte de mi infancia. María Flor Cusma Ordoñez era el nombre de mi profesora, una jovencita que recién había salido de la universidad donde había estudiado Profesorado con especialidad en Literatura. Debía enseñar en escuelas secundarias, pero como en aquellos tiempos estaba vigente el programa SECIGRA (no sé, si aún existe), mediante el cual, todos los estudiantes que egresaban de las Universidades Públicas debía prestar servicios al Estado por un periodo de dos años. El Estado le pagaba un sueldo, pero decidía el lugar donde se debía prestar el servicio. Por lo general eran enviados a los lugares más lejanos e inhóspitos del Perú. Ella llegó al pueblo y transformó todo. Por aquellos años, no era el mejor alumno, pero ya desde entonces comenzaba a sobresalir, al punto tal, que la señorita María Flor a los pocos días de comenzar las clases, me designo el encargado oficial de toda actividad que se hiciera en la escuela. Mucha responsabilidad. Debía coordinar con el resto de alumnos el programa, hacer de maestro de ceremonias y por las tardes, vender las frutas del huerto de la escuela en los ómnibus que solían pasar por el pueblo una vez al día. La mayoría de los chicos eran “chunchos” (tímidos), así que terminaba subiendo varias veces a “La Huamantanguina” para vender los duraznos, los tomates y las cebollitas chinas.

Por algún tiempo hice todo sin “chistar”. No decía ni pío. Pero el tiempo fue desgastándome y un día me rebelé y elegí hacerlo precisamente el 18 de octubre de un año cualquiera de la década del ’70. La señorita me había dado un poema para que me lo aprenda. Lo recitaría en el homenaje que le haría el colegio al “Señor de los Milagros” cuando detenga sus andas en la puerta de la Institución.

— ¡Siempre, Yo, Todo, Yo! ¿Acaso soy el único alumno? ¿Porqué no les pide lo mismo al resto?—, le protesté a Marcela, mi madre.
— Seguramente tu señorita confía en ti y sabe que tú, lo puedes hacer. Los otros seguramente se pondrán “colorados de vergüenza” y no podrán recitar ni un verso.

Pueblo San José - Canta (Foto: ....)
Mi madre me dio las explicaciones más inverosímiles para que me aprendiera el poema que me había encargado la Srta. María Flor. No lo aprendí. Mejor dicho, no lo quise aprender.
Al día siguiente cuando llegué a la escuela, lo primero que me preguntó mi profesora fue si ya sabía el poema. Le contesté que no lo había aprendido. No le conté las objeciones que le había planteado a mi madre. Por algunos minutos la señorita desapareció de la escuela. Hasta el día de hoy, no sé a donde fue. Deduzco que fue a  hablar con mis padres.

Cuando por fin apareció la señorita, lo primero que hizo fue tomarme de una de mis orejas, arrastrarme a una de las aulas vacías, entregarme una hoja con el poema.

— ¡Tienes una hora para aprenderlo! — me dijo, salió del salón, cerró la puerta y le echo llave.
Por algunos segundos deambulé en el aula sin saber que hacer. Poco a poco me fui calmando. Finalmente decidí aprender el poema. Cuando habían transcurrido unos cuarenta y cinco minutos o algo menos, escuché el sonido de llaves que habrían la puerta del aula donde estaba encerrado. La señorita María Flor tenía otro semblante, estaba sonriente. Me hizo sentar en una de las sillas.

— ¡Querido Miguelito, te di un poema para que lo aprendas, por que confío en tu capacidad para aprender! —, me dijo y continuo—, cuando pasen los años, esto, lo de hoy, lo vas a recordar como una anécdota más. Yo tengo la seguridad que Tú vas a llegar muy lejos, tienes todo para hacerlo.

Me dio un beso en las mejillas y se retiró. Durante los siguientes minutos, recorriendo el amplio salón iba grabando en mi memoria cada una de las silabas del poema en homenaje al Cristo de Pachacamilla.

Cuando  llegó la procesión del Señor de los Milagros y detuvo sus andas frente a la puerta del colegio para rendirle homenaje, todos los alumnos estábamos perfectamente formados. Subieron al estrado, primero la señorita María Flor, luego las autoridades del pueblo y los mayordomos. Los discursos fueron poco a poco poblando aquella tarde del mes de octubre de un año  cualquiera de la década del ’70. Finalmente, me tocó recitar mi poema. Subí al estrado, me paré en el centro, tomé aire y dejé que las palabras salieran tranquilas.

“Paso a Nuestro Amo y Señor
andas, lienzo y candelabros.
Paso a Nuestro Salvador
el Señor de los Milagros.

La calle es un río humano
por cuyo cauce, la gente
muy acompasadamente
camina desde temprano.
Avancen, avancen hermanos,
no estorben al cargador...
grita el Capataz Mayor
que las cuadrillas comanda.
Paso, que vienen las andas,
paso a Nuestro Amo y Señor...

Por las calles se desborda
aquel torrente morado;
gimen los pies maltratados,
la Fe permanece sorda.
La multitud que lo aborda
da marco al rey de los cuadros:
Caídas y descalabros
en aquella mar mulata,
y cual velero de plata
andas, lienzo y candelabros…”

(AL SEÑOR DE LOS MILAGROS - Poemas de Nicomedes Santa Cruz)

Procesión en Lima (Plaza de Armas)
Mientras recitaba cada uno de los versos, a lo lejos, logré divisar a mi madre. Estaba sonriente. Cuando terminó la última silaba, un estruendoso aplauso pobló aquél pueblito de una parte de mi infancia: San José (Provincia de Canta – Departamento de Lima – Perú). Ese año la señorita María Flor Cusma Ordoñez, luego de tres años (había venido por sólo dos) se fue. Nunca más la volví a ver. Le perdí su rastro. Sin embargo, en mi memoria han quedado grabados cada una de sus enseñanzas.

El mes de octubre del año siguiente me encontró en Lima, estudiando el primer año de secundaria. Tenía once años. Las procesiones ahí, eran diferentes. Luchita, mi abuela, el primero de octubre solía vestirse de morado y usaba esa vestimenta hasta el último día del mes. Las misas en la iglesia Nazarenas o la Catedral se volvieron habituales. Vivíamos en la cuadra tres del jirón Callao. ¿Las procesiones? Mi abuela, era infaltable. Yo, la acompañaba como su escudero, pero esa, ya es otra historia que quizás lo cuente en otra oportunidad.

Por Miguel Ángel Villegas G.
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No estamos tan mal. Pero, podríamos estar mejor, sí quisiéramos.
(Proverbio propio)

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