28 agosto 2011

LA GIBRALTAR DEL RÍO DE LA PLATA


Por: Guillermo Ventura.

El Faro
            Viajar fuera de los límites de la Republica Argentina, no estaba dentro de mis planes inmediatos. Todo lo que hasta ahora estábamos planificando con Rosa, mi mujer,  para los meses subsiguientes tenían que ver con conocer sus “pagos” (pueblo, región), más precisamente, ir a Misiones. Siempre me gustó viajar, conocer nuevos lugares, nuevas historias, nuevas personas.
            Cuando me dijeron, “Tienes que viajar a…” no pude más que esbozar una sonrisa de satisfacción. El viaje llegó de manera intempestiva que no me dio tiempo para meditar y menos de armarme un Tour. Debía viajar y punto. ¿Dónde, cuándo y cómo? Fueron palabras que no tuvieron largas respuestas.

            Cuando mi reloj, marcaba las 08.02 am. del miércoles 24 de agosto de 2011, luego de haber realizado el Check In y pasado por migraciones, me dispuse a acomodarme en mi asiento. Aquél día me había levantado cerca de las 05.30 am, no tanto para tener el tiempo suficiente para llegar a mi lugar de embarque, sino más bien por la adrenalina que debía estar recorriendo cada una de mis arterias. Era la primera vez que viajaba en barco o algo que se le parezca. A lo único que me había subido, habían sido las lanchas que suelen realizar paseos cortos en las playas de Ancón (Lima-Perú). Era la primera vez que viajaría por el mar. Digo “el mar”, por que para mí observar el Río de la Plata con toda su majestuosidad en nada se parecía al querido Río Chillón de mi infancia, donde “Yayo” mi padre solía llevarme a pescar truchas y pejerreyes. Ni siquiera se me ocurrió compararlos, ambos eran “INCONMENSURABLES”.
            Del barco en el que viajaría sólo llegué a saber lo mínimo: Que fue construido en Noruega, que tenía 39 mts. de Eslora, que tenía 9.50 mts. de manga, que tenía una velocidad de 37 Nudos (unos 70 kms. x hora aprox.) y que además, tenia un Sistema de propulsión: "Kamewa" (Waterjet).

            Cuando finalmente comenzó a salir del muelle donde se encontraba “atracado” en la Dársena Sur, poco a poco fueron apareciendo frente a mis ojos todos los barcos atracados en la Costanera Sur. Había de todos los tamaños y colores. Algunos tenían el calado de un barco de guerra, otros, sólo eran comparables a la lancha de “Santiago” (el de la novela de Hemingway, “El viejo y el mar”). Conforme el barco fue internándose en las aguas del Río de la Plata, la adrenalina dio paso a la calma, ayudado quizás por el bamboleo acompasado que producía el paso de la nave a través de las olas del río. Fue tanta la calma, que me quedé dormido. Me desperté en el preciso instante que una de las tripulantes decía a través de los parlantes.

— ¡Señores pasajeros, les informamos que hemos llegado a la ciudad de COLONIA DEL SACRAMENTO. Les pedimos por favor que se mantengan en sus asientos para evitar accidentes durante las maniobras de atraco de la embarcación. Mucha gracias!.

            La ciudad de Colonia nos recibió calurosa. El sol, al menos por ese día había decidido salir. Ya en tierra. ¿Adónde voy?, me dije. Aquello que me había llevado a “Colonia del Sacramento” o simplemente “Colonia” me iba a tomar unas dos o tres horas, no más de eso. ¿Y luego, qué?. Pregunté por aquí, pregunté por allá. Todos me enviaban al mismo lugar: “El Barrio Histórico”.
Anteayer,  ayer y hoy
            Nunca me ha gustado unirme a esos “Tours” que suelen ofrecer las agencias de viajes, por que entre lo que relata la señorita de turno que repite como un loro una y otra vez la misma letanía, su narración se vuelve insulsa, sin entusiasmo por la historia y todo se torna aburrido y sin sentido. Encima, no te dan el tiempo suficiente para comprender lo que dijeron y menos te dan el tiempo suficiente para disfrutar el paisaje, el edificio, el torreón, el cañón, el faro, el murallón, la pintura o lo que fuere; por ello hice lo que habitualmente suelo hacer: dejar que el viento me lleve por sus propios senderos.
            No me equivoqué. Recorrí la costanera, disfrute el oleaje, bailé “Candombes” con algunas hojas secas que revoloteaban por mí alrededor. Respiré todo el aire que a mis pulmones le fueron posible absorber. Incluso llegué a pensar, que las personas deberíamos tener tres pulmones. Dos para uso diario y el tercero de emergencia para casos extremos o de urgencia. Por ejemplo, para aquellos días en los cuales Buenos Aires se torna irrespirable, para aquellos días en las cuales sus calles se llenan de “Piquetes”, “paros”, “huelgas”, “protestas” y nos embadurnan de smog.
            Recorrí sus callecitas empedradas. Tomé fotografías desde todos los ángulos. Posiblemente con las imágenes que logré capturar, no gane un “Pulitzer”, pero vaya que costaron trabajo. Tomé fotografía de todo lo que se movía a mí alrededor. Siempre buscando la posición adecuada. Que un poquito más atrás, click. Que un poquito más adelante, click. Que un poquito más a la izquierda, click. Que un poquito más a la derecha, click. Recorrí las plazuelas, dancé con las palomas.

             A poco de andar, me tope con mi “primera sorpresa”: NO había en todo el ángulo de mi visión (la central y la periférica), un “Gorrión”
            Por suerte para mí y para ellos, en toda esa mañana no me tope con ninguno de esos “animalejos” que los ornitólogos han llamado, “GORRIÓN” por que entonces se habría producido una batalla internacional entre dos seres de especies diferentes. Colonia del Sacramento parecería que ya esta habituado a esas batallas extrañas.

            La Nova Colônia do Santíssimo Sacramento, fue el primer asentamiento Europeo y la más antigua ciudad en lo que hoy es Uruguay, fundada entre el 20 y 28 de enero de 1680 por el Maestre de Campo Manuel de Lobo del Reino de Portugal y gobernador de Río de Janeiro. El territorio formaba parte de la Gobernación del Río de la Plata y se ubicaba al oeste de la línea fijada por el Tratado de Tordesillas (7 de junio de 1494 entre Isabel y Fernando, reyes de Castilla y Aragón y Juan II rey de Portugal).
Puerta Entrada a Colonia
            Los españoles enterados de la presencia portuguesa, el Gobernador y Capitán General del Río de la Plata José de Garro, el 7 de febrero de 1680 envió a la “Sumaca” (parecido al bergantín goleta) San José a la isla San Gabriel para hacer contacto con los portugueses. José Garro inició la movilización de tropas para desalojar a los portugueses. Pidió ayuda al virrey del Perú, convocó milicias locales, del Paraguay y del Tucumán. El 07 de agosto los españoles asaltaron Colonia y fue renombrada llamándola Fuerte del Rosario. Manuel de Lobo fue hecho prisionero y trasladado a Buenos Aires donde murió el 07 de enero de 1683.
            Colonia del Sacramento, llamada también, “La manzana de la Discordia”, “La ciudad de la pluma y de la Espada” o para algunos “Madre de Ciudades” fue motivo de sangrientas luchas entre las coronas de España y Portugal en los siglos XVII y XVIII, junto a Inglaterra, Francia y Holanda, con lo cual, para otros la convierte en “La Gibraltar del Río de la Plata”. Me atrevería a decir, que El fuerte de Colonia del Sacramento fue la “Troya del Río de la Plata”, no sólo por su posición privilegiada, sino que es la puerta de entrada hacía los río interiores de esta parte del continente, sobre todo para los barcos que provenían de Europa.

Gorrión Europeo
            Decía que por suerte en toda la mañana no me topé con ninguno de estos animalejos que los “ornitólogos” han denominado, “Gorrión”. Pero no cualquier gorrión, sino el Gorrión Europeo o Passer Domesticus (nombre científico). Sobre su llegada a la argentina, se le atribuye al cervecero suizo alemán E. Biecket, quien alrededor de 1872 trajo varias parejas de gorriones de Europa. Son bullangueros y alborotados, andan en bandadas y hasta donde he podido observar son violentos. En cierta ocasión presencié la pelea de dos de estos “animalejos” y fue lo más violento que he visto en una riña de aves. Incluso, fue más violenta que aquellas peleas de gallos que alguna vez llegué a presenciar. Se enfrentaron entre los árboles y cuando cayeron al suelo, se levantaron y prosiguieron con su pelea. Luego de algunos largos minutos de lucha, uno de ellos cayo al piso agotado, el otro, sin embargo, no se detuvo sino que por el contrario siguió “picoteándolo”. Dejo de hacerlo, sólo cuando comprobó que su contrincante estaba muerto. Se sacudió las alas y levantó el vuelo.
            A simple vista podría decir que se comportó con una “Prepotencia” similar o igual al que algunos “argentos” hacen uso en su interrelación con sus pares. Con una “Prepotencia” similar o igual al que muchos Peruanos que viven en Buenos Aires, hacen uso en su interrelación con sus pares. ¿Dónde lo aprendieron o por que lo aprendieron? ¿Por que lo usan y como lo usan?, daría mucha tela para cortar, sin embargo estoy seguro que muchos de ellos (estos peruanos) lo aprendieron en esos “Centros de Adoctrinamiento” que todos conocen y saben quienes son y donde están.

Gorrión Americano
            Realmente me sorprendió no encontrarme con estos “animalejos” en mi recorrida por la ciudad de Colonia del Sacramento. Por el contrario, en lo más profundo de mi corazón ansié encontrarme, aunque sea de casualidad con ese otro “Gorrión”, el Gorrión Americano,  Pichuchanca (Perú), Pichuncho, Chingolo (Arg, Bol, Uru), Chincol, Copete (Chi), Pichirre, Tico-Tico (Br)  o  Sparrow Zonotrichia Capensis (nombre científico). De tamaño mediano (15 cm), cabeza gris con una banda negra y con las plumas levantadas en la cabeza como un copete gris oscuro. La garganta Blanca con un collar de color canela, una línea negra por los costados del pecho. Su pico y cola son cortos. Es muy vistoso y atractivo de ver. Mi primer recuerdo de esta avecilla se remonta hasta los primeros años de mi infancia, allá por la década del ’70 cuando mis padres se mudaron a Jauja (Departamento de Junín en el centro del Perú), más precisamente a un pueblito sobre la margen derecha de la carretera central, llamado “Aramachay”. Mis recuerdos son bastante borrosos, quizás por que a mi corta edad (debía tener tres o cuatro años), aún mi percepción de la realidad era bastante superficial. Sin embargo, en mi memoria quedó guardada la imagen de aquél “gorrioncillo” que todas las madrugadas, casi cuando comenzaba a despuntar el alba, solía llegar hasta el sauce que teníamos en el jardín de la casa y se ponía a cantar. Un canto tan dulce que durante los minutos que duraba su repertorio, adormecía el alma.  Algunas veces he llegado a creer que suelo viajar al campo de forma inconciente, como buscando al “gorrioncillo” de mi infancia y que en las pocas oportunidades que he tenido la suerte de descubrirlo, no me ha decepcionado, por el contrario he disfrutado de su presencia y del show que suele montar. Por supuesto para no molestarlo, en todas las oportunidades que ha dejado que yo lo vea, me he mantenido en silencio, simplemente observándolo y disfrutando su canto, cuando él tenía ganas de hacerlo. En todas las oportunidades lo he visto bien acompañado, posiblemente era su pareja, su amiga o su amante.

            No me equivoqué cuando decidí recorrer por mi cuenta, pues cuando llegué al murallón donde aún puede observarse un viejo cañón del siglo XVII o XVIII y a poco de recorrer las calles del “Barrio Histórico” me topé con un lugareño: Don Washington (nombre común en Uruguay). Nos pusimos a charlar. Le conté que era peruano, que vivía en Buenos Aires y que había llegado a ese lugar casi por casualidad. Debí agradarle, por que comenzó a contarme parte de la historia de Colonia del Sacramento. Me contó tantas cosas que podría escribir una novela con todas las historias. Entre esas “cosas” que me contó están aquellas en las que se narra, que cuando Colonia del Sacramento pasó a mano de los españoles era atacado frecuentemente por los portugueses. Los pobladores para evitar que les saquearan lo que producían, llevaban las cosechas a las islas vecinas (puede observarse en el horizonte) donde los escondían.
Calle de los Suspiros
            También me contó la historia de “La calle de Los Suspiros”, que nace en la plaza principal muy cerca del faro. Al respecto hay varias versiones por la cual esa calle tomó ese nombre o se la llamó con ese nombre. Una de ellas sostiene que los condenados a muerte eran llevados hasta la calle de los “suspiros” para ahogarlos cuando subiera la marea. Otra historia expresa que esta calle solía albergar numerosos prostíbulos, refugios de marineros cansados y deseosos de diversión, y que al transitarla, los soldados piropeaban a las prostitutas y suspiraban una y otra vez por ellas. La última historia, y quizás la más romántica, cuenta que una noche maravillosa de luna, una joven enamorada estaba esperando a su amado. De repente, un enmascarado le clavó una daga en el medio del pecho. Sólo se escuchó un desalentado suspiro de adiós.
            Don Washington fue mi mejor guía turístico, no me contó con términos rimbombantes, sino con las palabras, la tonada y la sencillez del poblador local. Me indicó los lugares históricos. Cuando me despedí, me dejé llevar por los vientos. Leí cada una de las placas colocadas en las casas de personalidades importantes que habitaron aquella ciudad. Así, me topé con una que decía, “Aquí Vivió Félix Luna. Historiador Argentino”.
            Mientras avanzaba por las callecitas empedradas, sosegado y disfrutando de aquello que tenía frente a mis ojos, otros turistas con sus guías pasaban atropelladamente, con el mismo bullicio alborotador de los gorriones europeos, yendo en contra de la naturaleza de aquél lugar y que aquél miércoles 24 de agosto de 2011 estaba sosegada, que hasta el sol había decidido salir para regalarnos algunas de sus caricias.
            Cuando al mediodía me dio hambre, pude haber elegido alguno de esos lugares elegantes, con calefacción y comidas exóticas, en lugar de ello decidí hacer algo más simple,  compré un platillo ligero para comer, lo suficiente como para no tener el estómago vacío ni demasiado lleno que impidiera seguir recorriendo esas callecitas empedradas. Me fui a uno de los tantos parques. Mientras disfrutaba cada bocado, me puse a observar, había tanto para observar, tanto para escuchar, tanto para sentir, que no quería perderme la oportunidad de hacerlo.
            De tanto en tanto me tope con cuadrillas de personas dedicadas a la limpieza de la ciudad. Cuadrillas de dos a tres personas, a las que podía divisarlas desde lejos por sus chalecos fosforescentes. No había dudas, hacía tiempo que no veía una ciudad tan limpia como Colonia del Sacramento, ni siquiera Villa Elisa (Entre Ríos - Argentina) podía compararse con lo que mis ojos observaban. Creo que la última vez que disfruté una ciudad tan limpia como esta, fue allá por 1992 cuando estuve de visita en la ciudad de Mendoza (Argentina).

El Faro
            La segunda sorpresa que tuve aquél día, me la encontré cuando llegué a una de las esquinas. Un cartel de color amarillo patito tenía escrito: “PREFERENCIA PEATÓN”. Yo no sé, si eso es para toda la ciudad de Colonia o sólo para el “Casco Histórico (al menos en ese  instante no lo sabía). Por algunos segundos pensé, “seguro es sólo válido para esta calle, sin embargo, horas más tarde me sucedió un hecho curioso: Cansado de un día de caminata, regresaba a uno de los parques que me había encantado para descansar algunos minutos y luego emprender la marcha de regreso al puerto de embarque. Llegué a una de las esquinas de la avenida principal del “Casco Histórico”, era de doble mano (ida y vuelta) y no había semáforo. Como habitualmente suelo hacer en Buenos Aires (también lo hacía en Lima) en situaciones como estas, miré a izquierda y derecha. En ambos sentidos circulaban demasiados vehículos como para atreverme a cruzar. Parado en la esquina, esperaba que los vehículos se espaciaran lo suficiente como para intentar atravesar la avenida. De pronto, los vehículos en ambos sentidos se detuvieron. Me sorprendí. Volví a mirar a izquierda y derecha, arriba y abajo, buscando el semáforo o la señal que había hecho que los vehículos se detuvieran. No encontré nada. Entonces miré a uno de los conductores y descubrí que con una de sus manos me hacia señas para que cruce la avenida. Estupefacto, sin comprender del todo, cruce, al mismo tiempo que con una de mis manos agradecía. Con el correr de las horas descubrí que no hay semáforos en esa parte de la ciudad, sin embargo eso no era  impedimento para que los peatones puedan circular libremente y seguros de que no serán atropellados o lo que es peor violentados.

            El miércoles 24 de agosto de 2011, no fue un día frío, por el contrario estuvo bastante agradable que invitaba a disfrutar el paisaje que tenía a la vista. Las calles estaban ligeramente pobladas. El “Casco Histórico” está lleno de edificaciones antiguas, muchas con paredes de piedra y la mayoría están techadas con tejas. Así podremos encontrar El Faro, los Museos, La Casa del Gobernador, del que sólo quedan los cimientos, entre muchas otras edificaciones. Don Washington, que no era de la ciudad, sino de una localidad vecina y que cada tanto viene de paseo, al respecto de las tejas me contó, que durante la época que Colonia del Sacramento estaba poblado de esclavos, estos se encargaban de la fabricación de las tejas y que para darle a la teja esa forma curva, los esclavos usaban sus muslos.
            Por la tarde volví a la zona del faro. Apenas lo divisé a mi llegada, me dije, “tengo que dibujarlo, de última me haré un boceto que represente el arte Uruguayo”. Charlé con diversos personajes locales: El Policía de lo que podría ser “La Plaza de Armas”, el artista que se dedica a pintar el faro y vende sus cuadros a los turistas, los encargados de los museos. En mi largo derrotero me crucé con unos muchachos de Tacuarembó que estaban en el último año del profesorado y que estaban en aquél lugar recorriendo y aprendiendo la historia de Colonia del Sacramento para con ello presentar su tesis y recibirse. Los acompañaba su tutora. Me brindaron información adicional de esta tranquila ciudad.
            Recorrí todos los museos. El Museo Municipal (donde se exhibe material de la Plaza de Toros, la maqueta de la fortificación recreando la “Colonia” del 1762, peinetas para el cabello de las damas de la época), La Casa de Nacarello (Recrea una casa portuguesa de principios del siglo XVIII con paredes originales de piedra), El Museo del Azulejo (Posee una colección de azulejos que pertenecieron a Jorge Paéz Vilaró), no me gustó mucho. El Museo Indígena (se exhibe boleadoras, morteros, raspadores, percutores, frotadores, puntas de flecha de los pobladores originarios) y el Archivo General (Con importante documentación como son los libros de los hechos policiales sucedidos entre 1876 a 1898). Me quedó por visitar La Plaza de Toros (lo que queda de él, cuya última corrida se realizó en 1910), el Museo del Periodo Histórico Portugués y el Teatro y Centro Cultural. La entrada cuesta  $. 50.- (Cincuenta pesos uruguayos). Su equivalente sería $. 13.- (trece pesos argentinos), que te permite recorrer (visitar) cinco de estos Centros-Museos.

Mi última sorpresa
            El día pasó demasiado rápido. Colonia del Sacramento, no es una ciudad para una persona sola. Hubiera sido más divertido si hubiera tenido compañía. Extrañe al “Nene” y Rosa, mi mujer. Sobre todo, extrañe sus quejas. En estas mis cavilaciones, recordando a mis “Toritos de Pucará” (suelo llamarlos así por que siempre que llego del trabajo están discutiendo), de pronto, aterrizó mi “última Sorpresa”: Un Gorrión Europeo. “La puta que lo parió”, me dije, “seguramente ahora llega su pandilla y arman un tremendo alboroto”. Sin embargo, nada de eso sucedió. Por el contrario, ese “Gorrión” paseo tranquilamente por mi alrededor sin emitir ningún sonido y menos bailotear como ya estoy acostumbrado que lo hagan los que viven en Buenos Aires (lo mismo sucede los que viven en Perú). Click, disparé mi cámara. Finalmente luego de algunos minutos paseando a mí alrededor, levantó vuelo y se perdió en el horizonte. Por algunos segundos llegué a pensar que quizás era un fantasma. Quizás.

Muelle de Yates
            Cuando empezó a caer la tarde, una suave brisa comenzó a subir. Primero por el murallón, luego, poco a poco fue avanzando por las callecitas empedradas, hasta que finalmente inundó toda la ciudad. La brisa pasó velozmente como aquellos cañonazos de esas batallas que se libraron en aquellas costas ribereñas. Cuando finalmente cayó la noche y empezaron a encenderse los faroles con sus luces amarillas, ya estaba demasiado cansado para pensar y sobre todo para caminar, que simplemente me dejé arrastrar por mis pies rumbo al puerto. Por suerte la entrada para el Check In era automática de lo contrario habría quedado desmayado antes de lograr ingresar. Hice los trámites migratorios correspondientes y esperé la hora indicada. Cuando anunciaron la partida me uní a los que también regresaban. Todos avanzamos en silencio, subimos al barco y regresamos. Llegamos a Buenos Aires cuando mi reloj marcaba las 10.15 pm. A poco de avanzar unos metros después de desembarcar, la bocina (claxon) de un camión me devolvió a la realidad, que por algunos segundos tuve ganas de dar media vuelta, marchar hacía el horizonte e internarme en las aguas del Río de la Plata. ¿Cuando volveré a viajar?, no lo sé. De lo que estoy seguro es que cuando llegue ese día, abriré los brazos y dejaré que el viento me arrastre por sus senderos.


No estamos tan mal, pero, podríamos estar mejor… si quisiéramos (proverbio propio)

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