07 enero 2011

ME PARECE QUE FUE AYER

Por Guillermo Ventura.

            Han pasado casi 19 años desde aquella tarde de marzo de 1992 cuando partía desde la terminal de ómnibus, rumbo al sur. Pero no al sur del Perú, sino rumbo al sur del continente Sudamericano. El viaje fue largo y a veces un poco tedioso. Nos demoramos siete días en llegar a nuestro destino: Buenos Aires.
            Podíamos haber elegido llegar en 4 días (4 días y 3 noches en forma continua), pero en lugar de ser un viaje de aventura, se hubiera convertido en un viaje de tortura.
Recién había cumplido 21 años, pero hacía 3 que había alcanzado la mayoría de edad, así que mi destino estaba bajo mi responsabilidad.
            Las décadas del  ´80 y ´90 para muchos jóvenes en el Perú fue una época donde las esperanzas de lograr un “Proyecto de vida” se habían convertido en una especie de “crónica de una muerte anunciada” gracias al accionar de otros jóvenes que se hacían llamar “Revolucionarios” y seguían las enseñanzas y ejemplos de Lenin, Trotsky, Mao Tse Tung, bajo la guía del señor “AG” exprofesor de Filosofía de la Universidad Nacional de Huamanga (Dpto. de Ayacucho) bajo la denominación de “Sendero Luminoso”, Y bajo la guía del señor “VPC” (amigo intimo de Alan García –“Caballo Loco”) con la denominación de “Movimiento Revolucionario Tupac Amaru” (MRTA), muchos de los cuales en la actualidad se han comenzado a reactivar en algunas zonas del Perú, gracias a las ganancias de sus negocios del narcotráfico fuera del Perú y que todos saben donde están, pero estos países no hacen nada por erradicarlos y sólo atinan por acusar en forma indiscriminada a los extranjeros.
            Durante la década del ´90 ví partir a muchos de mis amigos del barrio. Algunos se fueron a España, otros a Italia, Alemania, Canadá, EEUU y Japón. Muchos otros se fueron a Venezuela, gobernados por aquél entonces por Carlos Andrés Pérez.

— ¿A dónde vamos?— nos preguntamos los cinco (César, Teo, Julia, Amparo y Yo).
— ¿A dónde, vamos?— repitió uno de ellos.
— ¡Nos vamos a la mierda!— respondió otro.
Ciudad de Lima
            Lo decidimos una tarde mientras almorzábamos en un restaurante cerca de la avenida circunvalación. El dueño de la empresa nos había citado a todos los vendedores (corredores) a la nueva fabrica para mostrarnos el nuevo producto que pronto saldríamos a ofrecer al mercado: “Las nuevas balanzas electrónicas”. Los mas “tecnológico y revolucionario”, según el jefe. Los vendedores habíamos objetado el lugar de presentación. “Debía haberlo hecho en las oficinas del centro, para invitar a algunos clientes”, habían dicho algunos. “¿Cómo se le ocurre realizar hacer una presentación en ese barrio de muerto de hambres”, habían dicho otros en forma despectiva. Sin importar las objeciones, la presentación se realizó en la nueva fábrica.   Todos asistimos. Los que no asistieron, ya que tenías sus propios emprendimientos, fueron César, Teo y Julia, quienes nos esperaron en un restaurante cercano para charlar el asunto del “viaje”.
            Cuando finalmente terminó todo, salimos corriendo. Amparo, la secretaria de la empresa era la más preocupada. No sabía como le iba a decir al “jefe” que renunciaría para irse de viaje, eran con él, casi familia. Yo no tenía ningún compromiso, así que renunciar no me provocaba ningún resquemor.
            El almuerzo fue largo, que casi se extendió hasta el ocaso, bueno, diríamos que lo endulzamos con algunos licores espirituosos. Lo endulzamos tanto que cuando nos dimos cuenta, el sol ya estaba acurrucado entre las olas y la luna danzaba alegremente en el cenit. Aquella tarde decidimos todo: Lugar y fecha de partida. Esta vez, si lo lograríamos. Digo esta vez, por que la anterior, cuando quisimos viajar a Venezuela, el Sr. “CH” había fallado en su intento de golpe de estado.
—  No nos vamos a ir a esa locura. Seguro están peor que el Perú. Que importa que tengan buenas universidades, si está hecha una mierda, no nos vamos. — habían dicho la mayoría.
En medio de esa incertidumbre, un conocido nos recomendó la Argentina.
— ¿La argentina? ¡No me jodan! ¡No pueden ni recuperar una islita y ustedes quieren que nos vayamos para la argentina!— dijo César.
— ¿Y a donde carajo quieres que vayamos? Además, tú eres el menos indicado para protestar, seguro que quieres ir sólo para levantar hembritas— retrucó Teo.—, Total, tu “papito” te puede mantener a ti a cinco generaciones más.

            Cuando finalmente salimos del restaurante, cuyo nombre nunca supe, ya habíamos acordado todo. No había quedado nada a la deriva: Julia estudiaría economía; Amparo, odontología; Teo, un posgrado de Psicología; César a levantar “hembritas” y Yo, a estudiar Abogacía.
            Partimos un 12 de marzo de 1992, cerca de las trece horas. Mientras el ómnibus se alejaba de la terminal, a lo lejos, poco a poco se fueron haciendo borrosas las siluetas de mi familia.
            Hace unos cuantos días, mientras hablaba por teléfono con mi “hermanita” le decía que el recuerdo que guardo de ella, es la de aquella muchachita sollozando en la terminal de ómnibus por que su hermano mayor partía a un largo viaje. Y el viaje ha sido largo: casi 19 años.
Francisco Bolognesí y sus Oficiales
            Mientras avanzábamos bordeando el océano pacifico, nuestro entusiasmo iba en constante aumento. Cruzamos las plantaciones de algodón y caña de azúcar, las plantaciones de fresas y duraznos, las plantaciones de maíz y las de uvas. Cuando finalmente llegamos a Tacna (la frontera con Chile), recién nos percatamos que habíamos dejado atrás una parte de nuestra historia. Dormimos en Arica (Chile) no sin antes haber recorrido sus calles y haber conocido el “Morro de Arica”, un lugar emblemático para cualquier peruano. Mientras regresábamos de nuestro paseo nocturno, a lo lejos me pareció oír los cañones del 7 de junio de 1880. A lo lejos, me pareció oír las palabras del Coronel Francisco Bolognesi respondiendo al emisario chileno que solicitaba su rendición., cuyas palabras han traspasado todas las generaciones: “Tengo deberes sagrados que cumplir y los cumpliré peleando hasta quemar el último cartucho”; pasando de ese modo a la historia como el ejemplo de un soldado de honor y coraje. A lo lejos también, me pareció ver el preciso instante en el que el coronel Alfonso Ugarte se arrojaba bandera en mano con su caballo desde la cima del morro hacia el mar para evitar que caiga en manos enemigas el estandarte nacional.

Alfonso Ugarte
Al amparo de las tenues lámparas, vinieron a mí, algunos datos de mi época estudiantil cuando leíamos los libros de historia respecto de la guerra que nos enfrentó entre 1879-1883, en la cual, el país de la estrella solitaria se preparó durante diez años con un solo objetivo: declararle la guerra al Perú, con el no tenía frontera.





Batalla de Arica – 7 de junio de 1880
Perú
Chile
Comandante:
Coronel Francisco Bolognesi (╬)
Comandante:
Pedro Lagos Marchant
Fuerzas: 1900 hombres
Fuerzas: 5400 hombres

            Cuando despertamos al día siguiente, luego de desayunar, salimos a la terminal para conseguir pasajes rumbo a Santiago de Chile. El viaje, fue tedioso: desierto, desierto y más desierto. De tanto en tanto, alguna que otra casita en medio del desierto donde el ómnibus se detenía para almorzar o para cenar. Cuando por fin llegamos al valle de “La Serena” el paisaje cambió: valles lleno de verde y animales pastando en los potreros.. Un par de horas después por fin volvimos a ver el mar y luego entramos a la ciudad de Santiago de Chile.
— ¿Y ahora?— dijo uno de ellos.
— ¿Cómo que, Y ahora? ¡Vamos a buscar hotel para dormir!— dijo otro.
            Luego de conseguir un lugar para dormir, nos aseamos y salimos a recorrer la ciudad. Era por supuesto más bulliciosa que Arica, pero menos que Lima. El ómnibus había llegado bastante tarde a la ciudad, así que no era raro que cuando saliéramos a caminar ya la mayoría de los bares y restaurantes estaban cerrando. Luego de charlar con el dueño de uno de aquellos bares nos permitieron ingresar para tomar algo rápido, así que le pedimos unas bebidas.
— ¡Tengo la garganta llena de arena! ¿Qué hay para aliviarme?— preguntó César.
— ¡No hay nada mejor que una “piscina”!— respondió el mozo y se alejó a la barra.
            Minutos después, el mozo llegó con unas copas muy, pero muy grandes, parecían casi una ensaladera. Destapó una botella de cerveza de un litro y lleno esa copa bastante particular.
— ¡Esta es la “piscina”— dijo el mozo.
— ¡Esto si que me aliviará— dijo César, —Tráiganos uno para cada uno.
Las “piscinas” vinieron acompañados de unos deliciosos sandwich´s y con eso basto para aliviar nuestros cuerpos hambrientos y cansados.

Caracol para cruzar a la Argentina
            Al día siguiente partimos de Santiago de Chile a las diez de la mañana, rumbo a Mendoza. Cuando comenzamos a subir el caracol en la frontera entre Chile y Argentina, las chicas se pusieron a gritar de alegría. En el viaje habíamos conocido a una familia Chilena que viajaba por trabajo a  Mendoza. Viajaban con todo. Prácticamente una mudanza. Se llevaban hasta el perro. Cuando nos despedimos en la terminal de Mendoza intercambiamos direcciones. Durante varios años mantuvimos comunicación con ellos, hasta que en una mudanza perdí una agenda y se fueron al olvido muchos conocidos.
            Llegar a Buenos Aires, fue una sorpresa y la satisfacción de culminar un viaje. Después de siete días de viaje, mis posaderas ya habían perdido su forma original, causado por el largo viaje. Por suerte, no necesité una carbonilla para dibujármelas de nuevo.
Ciudad de Buenos Aires
            Digo que me causó sorpresa ver a Buenos Aires tan distinta de lo que me había imaginado, por que había ido al consulado Argentino en Perú y casi no nos habían dado mucha información. La única información que conseguí fue en algunas revistas y libros, en donde siempre se veían a algunos “gauchos” montados a caballos laceando terneros,  mientras que otros asaban carne en una especie de parrilla improvisada. Con muy poca información de la vida de los habitantes de Buenos Aires, llegué pensando con encontrarme con una ciudad llena de gauchos arreando sus vacas y laceando terneros por las calles de la ciudad. Eso sí, nos habían informado que sus universidades de Córdoba y de Buenos Aires era de excelencia.
            No era de extrañar, había crecido adoctrinado por las ideas del “Tío Sam” que rezaba: “Todo lo que está al sur es podredumbre”. Algo que en el Perú se cumplía. El sur, precisamente era la zona más pobre, agudizado por el terror de aquellos jóvenes que se hacían llamar “revolucionarios”.
            Por ello comprendía cuando me preguntaban si en el Perú había restaurantes o si estábamos gobernados por un Inca.
            Los cinco que nos embarcamos en ese viaje, habíamos llegado a nuestro destino.        Lo habíamos planificado con mucha meticulosidad. Nos despidieron en Lima los que debían despedirnos y nos recibieron, los que debían  recibirnos. Durante unos meses vivimos en la casa de una amiga, luego su marido nos alquiló un departamento en la calle Combate de los pozos, casi esquina Av. Belgrano.
            A las 16 horas del día siguiente de nuestra llegada, ya había conseguido trabajo. En realidad los 3 hombres conseguimos a la misma hora y en el mismo lugar. No poseer DNI no fue impedimento.
            Para las chicas (Julia y Amparo)  no fue tan diferente, pero sólo les quedaba una alternativa: Trabajar en casa de familia.
            Amparo, no quería.
— ¿Cómo te voy a dejar sólo, que va a ser de nosotros?— me dijo.
            Se suponía que íbamos a casarnos, tener hijos, ser profesionales y regresar al Perú para ejercer nuestras profesiones o crear nuestras empresas. Nuestras familias cuando les comunicamos que estábamos noviando no tuvieron ninguna objeción. Cuando dos años más tarde les informamos que nos íbamos de viaje al extranjero tampoco pusieron objeciones.
— ¡Entre los dos se van a cuidar—dijeron.
            Hemos tenido la oportunidad de tener nuestra propia empresa en Buenos Aires, lo que nos permitió, a mí, comenzar la universidad y a ella, ayudar a su familia. Teo, pudo hacer su post grado y al cabo de unos años se regresó. En cuanto a Julia, al poco tiempo llegó una hermana y se fueron a Córdoba y le perdimos el rastro. César, como ya sabíamos vino sólo a levantar “hembritas”, vagabundeo un tiempo por aquí y finalmente recaló en Italia.
            Cuatro años más tarde de arribar a Buenos Aires, Amparo y Yo, decidimos seguir rumbos diferentes. El destino al parecer, de antemano, ya tenía escrito nuestros caminos y sus respectivas bifurcaciones.
             Si alguien me preguntara. ¿Dónde está?. Sólo tendría una respuesta: No lo sé.

— ¡Mi hijo, Mi hijo, Mi hijo! ¡Te quiero Muuucho!—, no se cansaba de decir mi madre, días previos a la navidad cuando la llamé para saludarla.
            Las emociones se arremolinaban en mi cabeza, mientras mi cuerpo temblaba ligeramente en forma involuntaria, que solo atinaba a responder.
— ¡Yo también, yo también!
            Hablé con “Yayo”, mi padre. Con “Tati” mi hermano menor y también con mi “hermanita” de casi treinta años, que según mi hermano “Fico” (que vive también en Buenos Aires), “Mery”, mi hermanita es una “Pituca” (Concheta), que es de “nariz parada” y que ha aprendido todo lo de mi abuela y de mi madre. Pero, no me importa lo que él diga, para mí, siempre va ser aquella muchachita que se quedó llorando en la terminal de ómnibus mientras su hermano mayor se iba a un largo viaje.

            Han pasado casi 19 años desde aquél viaje. Si lo pienso bien, compruebo que ha sido bastante largo. He logrado muchas cosas, pero también he perdido muchas otras. Nunca me he puesto a compararlas, por que al final llegaré a una conclusión: Siempre se pierden más cosas que las que se ganan. Tampoco me he puesto a lamentar los motivos por los cuales tuve que abandonar mi país de origen. Hacerlo sería una perdida de tiempo. Hacerlo, sería darles la razón a esos jóvenes que se hacían llamar “revolucionarios”. Hacerlo, significaría que esos jóvenes, me han “vencido”.

            a todos aquellos que abandonaron sus lugares de origen, siempre los he pensado como una especie de “Santiagos” que luchan con el mar, tratando de alcanzar sus sueños. Tratando de vencer a esos vientos impertinentes y a esos dolores inoportunos, sin poder darse el lujo de dejarse vencer. Esos “Santiagos” cabalgan sus barcazas con tesón, buscando la ola de la suerte, como aquél “Santiago de Hemingway  que le grita a sus desgracias:
—!Suerte, vienes de todas las formas. Yo, voy a tomarte como vengas!!!!.


No estamos tan mal, pero, podríamos estar mejor…Si quisiéramos. (Proverbio propio)




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