17 diciembre 2010

Esos viernes con el “Negro Núñez”.

Por Guillermo Ventura

             Los viernes se suelen esperar con una cierta ansiedad: El encuentro de amigos en algún café. El encuentro del hijo con su padre. La visita del nieto a sus abuelos. La reunión de los amigos de pesca. En fin. Los viernes se esperan y eso basta.
            Aquél viernes 4 de junio yo, también lo esperaba. No sé, si con ansiedad o entusiasmo.
            Lo mío pasaba por otro lado. Días atrás había recibido un mail de Juan con Jota de Juan — nombre con el que se hacía llamar Juan Alberto Núñez —, que decía::
 
Presentación del libro de Cuentos de Juan A. Núñez.
Lugar: Biblioteca de Morón.
Hora: 18.30.
Hablarán los escritores Marcos Silver, Rubén Derlis y Alberto L. Ponzo.

            Hacía meses que no nos veíamos con Juan A. Núñez y, esta sería una buena ocasión para reencontrarnos y charlar sobre las cuestiones literarias y también sobre las cuestiones cotidianas
            La biblioteca de Morón (a pasos de la estación del tren del mismo nombre) un lugar bastante austero: Una corta escalinata. Un hall poblado de afiches de todos los colores y todos los tamaños, con autores conocidos y desconocidos. Clásicos y modernos.
            Al llegar, abrí el portón de hierro, mientras una joven salía a mi encuentro. Cuando estuvo lo suficientemente cerca.
—¡Buenas tardes!. ¿En que puedo ayudarlo—dijo.
—Vengo a la presentación de un libro.
—¡Ah, Sí!. Comienza a las 18.30, aún faltan algunos minutos.

            La ansiedad me había hecho llegar temprano. Por un momento pensé “Siempre llego temprano”, luego me di cuenta que siempre solía llegar con las justas, casi como peleándole al tiempo cada golpeteo del segundero. Miré a mí alrededor y ví una sala contigua poblada de sillas aún vacías que se mantenían en silencio.
— ¿Puedo esperar?  — pregunté a la muchacha.
—Sí, por supuesto, adelante—respondió ella.

El Negro Nuñez y su esposa
            Ella, Ella, Ella…, se repitió mi mente a si misma. Mientras me sentaba en una de las tantas sillas recordé que el titulo del libro que se presentaría aquella noche, precisamente tenía como título: ¡Ella!.
            En los siguientes veinte minutos se fue llenando el pequeño salón. Los oradores se fueron ubicando en la trastienda, preparándose para salir cuando fueran anunciados.

            Rubén Derlis, salió primero: “Yo no voy a hablar del libro—dijo—, yo, voy a hablar de Núñez”. Comenzó a describir anécdotas de Juan. Como la de aquella vez, que un grupo de estudiantes peruanos y ecuatorianos, allá por la década del sesenta querían publicar una revista y no les alcanzaba el dinero para hacerlo, hasta que apareció el “Negro Núñez” —como lo llama él— cediendo parte de la indemnización que había cobrado no hacía muy poco. La revista se llamaría “Iberoamérica”. Se vendió solo tres números y luego se perdió en la nada. Mientras Derlis narraba las historias de Núñez, el público iba pasando del asombro a la admiración y en ocasiones...risas. El punto más emotivo de aquella noche fue cuando Rubén Derlis contó: “El Negro Núñez suele decir que uno elige con quien estar y aquellos que no nos interesan, rápidamente los descartamos”.
            En medio de esas palabras yo, me perdí en mis recuerdos quizá tratando de descubrir, a ver si era cierto eso que decía Núñez. Me acordé de “Carla”, aquella muchachita de los miles de “Holas”, aquella, a quien había descubierto un día cualquiera. Sonriente, con los cabellos cortos y el rostro adornado con algunas pecas. Me acordé de “Vanesa” aquella, la de los cabellos rubios. Aquella muchacha que solía “Sorprenderme” con el calor de sus abrazos mientras vagaba soñando en medio de los largos pasillos de la Facultad de Derecho, en la Universidad de Buenos Aires.
            Recordé al señor sonriente parado tras la mampara, que mi mente había guardado desde niño: “El tío Luchito”. Me acordé de “Alice”, de “María Virginia”, de “Martha” de “Roberto”, de “Lagar” (quería ser miembro de la corte suprema), de “Loshi” (soñaba con tener más de 10 hijos). Por supuesto que también me acordé de “Fico”, de “Tati”, de “Mery”, mis hermanos. De “Marcela”, de “Yayo”, mis padres y de “Luchita” mi abuela.
            Núñez tenía razón. Yo los había elegido, supongo que ellos también hicieron lo mismo conmigo.

            Flap, Flap, flap, flap!!… los aplausos me devolvieron a la realidad. El siguiente orador se ubicó en el sillón beige. Acomodó sus papeles y se largo a describir otra parte de la personalidad de Núñez: “Su anterior libro se llamó ‘Esos, que se parecen’ — dijo —, pero Núñez no se parece a nadie, por más que lo intenta no puede parecerse”.
Y, siguió hablando, pero yo, estaba en otro lugar, quizá en un lugar donde “no me parecía a nadie”.
            Al recibir la invitación de la presentación del libro “Ella”. Cae viernes, pensé. Averigüé como llegar. Recibí toda clase de recomendaciones: “Cuidado con los documentos. Cuidado con los punguitas” (Chorros, choros, ladrones, pájaros fruteros). Llegué temprano a la estación de “Once”: las 5 pm. Compré el boleto. El tren más próximo saldría a las 5.25 pm. Pasé los molinetes de control y me ubiqué en una de las filas. Cuando llegó el tren, y se abrieron las puertas de los vagones, una multitud descendió, mientras otra multitud buscaba ingresar. Traté de subir por una de las puertas, pero no pude hacerlo ya que fui succionado por la masa de cuerpos que se movió al interior de uno de los vagones. Segundos después cuando por fin detuvo su marcha, pude extender uno de mis brazos y asirme del pasamano que por suerte pude localizar. Minutos más tarde el tren emprendía su marcha. De pronto recordé las recomendaciones. Me tranquilicé un poco por que mi billetera lo había guardado en el bolsillo de mi camisa. Observé a cada uno de los que estaban a mí alrededor, tratando de descubrir quien era el “delincuente”. Mientras pensaba en ello, mis ojos con la libertad que suelen tener se posaron en la parejita que estaban apoyados en una de las puertas. Ella lo miraba impaciente, desesperada, como esperando que él dijera algo. Y él, no dijo nada, simplemente la besó. Ella se dejó adormecer, se dejó ovillar lentamente como siguiendo el vaivén del tren.
            Enfrente, sobre uno de los desvencijados asientos, una mujer dormía. Volví a mirar a mí alrededor y me encontré con miles de ojos, de todos los tamaños y colores. Algunos miraban pero no veían. Iban distraídos observando cualquier parte, con los ojos caídos, parecían corderos marchando al degüello. Y... yo, no sabía dónde estaban mis piernas, ni donde mi otro brazo. Todo apretujado traté de escurrirme en medio de esa masa de cuerpos, hacia un pequeño claro que había observado a pocos centímetros. Lo intenté, y no pude. Con las justas llegué a mover el dedo pulgar de mi pie izquierdo, tan solo para quedar debajo de una chancleta cuya dueña debía pesar más de 120 kilos. Me miró, sonrío y atino a decir: “Disculpe”. La ví sonrojarse, aunque no tanto como yo, pero de furia. De haber estado en otro lugar donde hubiera podido expandir mis pulmones, quizás, le hubiera gritado. Quizás también, le habría insultado, pero... no pude.
            No recuerdo cuanto tiempo estuve fundido en medio de esa masa. Cuando por fin llegué a la estación de Morón, bajé. Sin embargo, tampoco puedo decir que lo hice por voluntad propia, fui arrastrado. No, mejor dicho, fui expulsado del vagón. Cuando hice pie ya había recorrido cincuenta metros.

Flap, flap, flap, flap!!…. Otra vez los aplausos me devolvieron a la realidad. Al final de la presentación pude intercambiar algunas palabras con Núñez, muy poco por cierto. No era el único que quería hablar con él. Cerca de las 9.00 pm. Partí de regreso a casa. La estación se hallaba semivacía (la de Morón). Minutos después llegó el tren y subí. Esta vez “Subí”. Me acomodé en alguno de los asientos, como ya dije: “Desvencijados”, asientos que con las justas podían sostenerse adheridos. Si no fuera por que el tren se bamboleaba con un compás determinado, los asientos habrían salido disparados. Por algún momento pensé, “deben ser las fuerzas centrífugas y centrípetas”, pero luego me dije, ¿a quién le importa que fuerzas actúan?. Las lámparas de los vagones iluminaban tenuemente, como no queriendo cansarse. A esas horas de la noche ya debían estar agotadas. Yo también estaba agotado. Llegué a casa. Acomodé como pude mis cosas en alguna de las sillas. Me lavé los dientes y apenas acomodé mi cabeza en la almohada me quedé dormido. Mi último pensamiento fue: “¡Ah, que viernes!” 
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Nota: texto escrito y publicado en Julio del 2004.
            Juan Alberto Núñez, falleció el 22 de enero de 2010, fue en vida mi profesor del taller literario al que asistía en el barrio de Boedo, además de ser una gran amigo, aunque a veces los descuidamos y pensamos: “Debe estar bien, las malas noticias vuelan rápido”, sin embargo, a veces, las noticias llegan con lentitud, pero golpean más fuerte.

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