22 abril 2010

LAS PROFECÍAS DE MI MADRE

Los recuerdos son como golondrinas que vienen y van por las praderas de la vida. Son como jazmines abiertos en un mar colmado de querencias. Los recuerdos, son como trigales maduros en la espera de ser cosechados.
¡Ah…, los recuerdos!
Yo también, supongo, como todos ustedes me poblé de recuerdos en estas navidades y entonces comencé a buscar en mi memoria esas pequeñas cosas que solía hacer por aquellos años de mi infancia.
Sin saber por qué me puse a buscar en Internet la forma de calcular, cuanta distancia existía entre Lima y Buenos Aires.
Descubrí que Lima esta en: Latitud (12° :3 m:0 s S); Longitud (77° :3 m:0 s O).
Buenos Aires esta en: Latitud (34° :36 m:0 s S); Longitud (58° :27 m:0 s O)

Es decir, que la distancia que separa ambas ciudades es de 3131 kilómetros = 1946 millas = 1691 Millas Náuticas.
Hasta hoy, no se me había ocurrido saber cual era la distancia exacta. Siempre me había guiado únicamente por la “Cruz del Sur” (Ese grupo de 4 estrellas que forman una cruz y que desde Buenos Aires se ve sobre nuestras cabezas y Yo, en mi infancia, desde Lima solía mirarlo muy, pero muy al sur).
Supongo que como a todos, de entre el conglomerado de recuerdos extraje uno que no sé si estaba en la lista predeterminada de salida en mis neuronas o simplemente salió por que así lo quiso.

Las tardes de Octubre, época del “Desgranado” del maíz no eran del todo aburridas, pero si un poco tediosas, sobre todo para un pre-adolescente de 10 años que cursaba el último año en la escuelita primaria de aquél pueblito a 80 Km. al norte de Lima, sobre las márgenes del “Río Chillón”, justo arriba del “Puente del Diablo” en la ruta de la carretera “Central” por cuyas vías suelen viajar a la “Cordillera de la Viuda”, denominación que le dieron debido a que sus no muy altas montañas tiene escasa nieve, como si fuera una mujer con su velo negro de luto sobre el rostro.
Después de realizar el “trabajo” correspondiente a aquél día, nuestros padres nos daban unas horas de licencia para jugarnos una “Pichanguita” en la canchita ubicada en el centro del pueblo. El pitazo final de nuestra licencia lo daba inevitablemente la primera de las campanadas que “La Monjita ”(1) solía tocar a las 8 de la noche, llamando a todas sus seguidoras –dentro de las cuales se encontraba mi madre- para el “Rezo Nocturno” respectivo.
No había forma de convencer a la “Monjita” para que retrazara algunos minutos su catarsis Campanario. Si alguno se atrevía a sugerirle algo contrario a sus “Convicciones Religiosas” solía lanzarte una serie de letanías que tranquilamente habría podido superar al Arzobispo de Lima de aquél entonces. Y tampoco había forma de quejarse con mi madre, por que seguramente ella habría dicho:
— ¿Acaso quieres ser Satanás como tu Padre?.
“Yayo”, mi padre, ya acostumbrado a los epítetos “diablescos” de mi madre, sólo me guiñaba un ojo y se quedaba en silencio a la espera de que mi madre se fuera a su “rezo” para él, irse a la “Barcito” de la esquina donde lo esperaban sus viejos amigos para tomarse su copita de “Coñac” del día con ese grupete.
Ocurrió, que un día el campanario no sonó a su hora señalada. Todos los “Chibolos” que estábamos en la plaza del pueblo, nos preguntamos que le habría pasado a “la monjita”, pero como la “pichanguita” estaba demasiado entretenida, no le prestamos demasiada atención a ese acontecimiento.
Ya en casa mientras nos aprestábamos a cenar, de pronto, mi padre ingreso con un muchacho, algo desaliñado y con un enorme bolso a sus espaldas.
— ¡Vieja, vas a tener que poner un plato más! —dijo mi padre.

Para mi madre eso nunca fue un problema. Un plato más o dos, o tres. Ella tenía todo al alcance de sus manos y lo tenía tan organizado que en algunas veces llegué pensar que si el “Estado” la hubiera nombrado ministra de Agricultura, habría superado largamente a “Josue”. Y a estas alturas el Perú se habría convertido en una gran potencia productora de alimentos, de modo tal que ningún ser viviente se quedará con su correspondiente ración. Por aquellos años, cualquiera visitaba mi casa familiar se habría deleitado con el fantástico colorido del jardín de mi madre, en ella se podía encontrar desde, tomates, lechuga, coliflor, repollo, caiguas, calabazas y hasta perejil y yerba buena. Por suerte para nosotros (sus hijos) el patio detrás de casa sólo tenía 200m², espacio al cual le tuvimos que pelear para que nos ceda el terreno suficiente para usarlo en nuestros juegos. Digo que por suerte, por que si hubiera tenido más espacio lo habría poblado de plantas de Pacae, Mandarinas, Paltos, Manzanos, Membrillos y Naranjas agrias (Planta muy parecida al Limón), cosa que ya había hecho en los potreros donde existiera al Puquio.

—Perdone por tantas molestias, “Doña”—atinó a decir el recién llegado.
— ¡No es molestia, Joven!, — dijo mi madre. — Aquí lo último que puede faltar es un plato de comida.

Aquella noche, mientras el muchacho, mis hermanos menores y Yo cenábamos, mi padre bajo del altillo una de las camas de hierro que ahí teníamos guardado para ocasiones como estas. La armó, le colocó su respectivo colchón. Mi madre, mientras tanto saco alguna de sus sábanas blancas de bramante y algunas cobijas.
El muchacho cenó y luego de agradecer a mi madre la cena, dijo que estaba muy cansado y que quería acostarse a dormir, pues partiría muy temprano y quería aprovechar el amanecer para caminar, antes que el sol comience a quemar.
Tomó su costal lleno de utensilios y se perdió en la habitación.
— ¿Dónde lo encontraste?— Mi madre le pregunto a mi padre.
— Estaba en la puerta de la iglesia—le contestó mi padre. —Yo, salía del “Coquero ”(2)….
— ¿Qué “Coquero”, ni ocho cuartos, salías de la “Cantina del Coquero”.—dijo mi madre.
— Está bien, está bien. Salía de la cantina y ya me venía a casa, de pronto vi que en la puerta de la iglesia algo se estaba moviendo, y como me pareció raro me cerqué con cuidado. Cuando estuve mas cerca descubrí que alguien se estaba acomodando, ahí, en la puerta para dormir. Le pregunté, ¿quien era y que hacía en ese lugar tratando de dormir a la intemperie?; me contestó que era “mercachifle” y que había llegado con el ómnibus de la tarde para vender alguna de las cosas que traía en su costal de yute. Ahí fue donde le ofrecí para que me acompañe a casa. Si bien al principio no quiso, luego de algunas palabras para convencerlo aceptó venir. Me contó que se va hasta Huaral.

Mi madre conocedora de los viajes a tierras extrañas(3) y de la lejanía de los afectos, dijo algo que hoy, después de más de 30 años sigue vigente:
— ¡Quien sabe, mis hijos por donde andarán. Por donde los llevará el destino. Sólo espero, que si alguna vez tienen hambre, haya alguien que se apiade de ellos y les alcance aunque sea un plato de comida!.

Al día siguiente cuando mis hermanos y Yo despertamos, ya el “muchacho” había partido y nunca más volvió a pasar por el pueblo.
Las palabras proféticas de mi madre se ha cumplido, dichas cuando apenas tenía 10 años y cursaba el último año en la escuelita primaria del pueblo de una parte de mi infancia. Al año siguiente viaje a Lima para estudiar la “Secundaria” en el Colegio Nacional Nuestra Señora de Guadalupe, y si todo me iba bien, quizá seguiría Abogacía (Como el Tío Luchito) en la Universidad Mayor de San Marcos, pero esa, ya es otra historia.

No estamos tan mal, pero, podríamos estar mejor… Si quisiéramos.



(1)-La “Monjita”, era una monja renegada, esa era la definición de mi padre. Había estado de interna en un monasterio para ser monja, pero parece que los calores de la carne fueron más fuertes, por que abandonó el monasterio cuando quedó embarazada de una de sus hijas.
(2)-El “Coquero”, era uno de los amigos de mi Padre y le solían llamar de ese modo por que tenía un bollo de coca en la boca, que masticaba todo el día.
(3)-Mi Madre es de 600 Km. en el centro del Perú, del Departamento de Junín, más precisamente de la ciudad de jauja.

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