07 junio 2018

LOS DEMONIOS ACECHAN EN LAS SOMBRAS

Las mañanas siempre son  el mejor momento para meditar y prepararse para el resto del día. Volví a mi costumbre de rezar, algo que hace mucho tiempo había olvidado de hacer. Reencontrarme con mi madre en estas vacaciones trajo a mi memoria las costumbres de mi infancia, de aquellas tardes en la que ella y otra amiga solían organizar “Rezos” en la iglesia del pueblo. 

 Volví a la iglesia. No recuerdo después de cuánto tiempo. Lo necesitaba, no por dios o las imágenes que hay en ellas, sino para alimentar a mi mente. De las iglesias siempre me ha gustado el silencio y la paz que se siente en ellas. La amplitud, la altitud, la profundidad, como tenemos que ser en nuestras apreciaciones en nuestra vida cotidiana. 

Volví a la iglesia. No para rezar un padre nuestro, un ave maría o un dios te salve, sino para reencontrarme conmigo mismo. De las miles de frases que podemos encontrar en el Antiguo o en el Nuevo Testamento, una siempre me llamó la atención y es aquella que dice: “Señor, no soy digo que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarle” (San Mateo 8,5-11).  En mi caso le hice una modificación y lo hice más personal: “Señor, no soy digo que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. Es lo primero que digo antes de rezar, porque voy con fe. 

Cuando hablo de fe, no me refiero a cuestiones religiosas, sino a la confianza que me tengo a mi mismo (autoestima), la confianza en mis capacidades, en mis aptitudes. “El primero que debe creer en ti, eres tú mismo”, decía un amigo mío. El ser humano por una cuestión natural necesita de símbolos. En realidad, nuestro cerebro siempre necesita de símbolos para comprender la realidad. El cerebro no graba la letra “R”, ni la letra “T”, sino la imagen de la letra “R” y la letra “T”, así que, cuando voy a la iglesia lo hago con esa finalidad. El cerebro se alimenta de imágenes. Lo alimento. Lo limpio, lo curo. Por supuesto, no es sólo la iglesia el lugar para alimentar a mi cerebro, son también por ejemplo, los museos, las exposiciones, los parques, los cafés, las reuniones, los cursos, etc.

En esa catarsis, ayuda el silencio de las iglesias. Ayuda la energía positiva de los otros que están presentes en ese momento. Todos están sosegados. Nos contagiamos. Nos curamos. 

Todos alguna vez, estuvimos en el infierno. Yo también. Cuesta salir, no se encuentra fácilmente la ventana para huir de ahí. A veces no hay luz que nos ayude a orientarnos. Estamos perdidos. Todo es lo mismo. ¿Y nuestro cerebro?, está más perdido que nosotros. En su afán de protegernos para no sentir dolor, se equivoca. A veces nos  oculta a cosas que podría habernos curado más rápido. 

Cuando estamos allá abajo, no discernimos correctamente de lo que está bien y lo que está mal. Muchas veces (casi siempre) lastimamos a las personas que más amamos. En otras circunstancias no las habríamos lastimado. Estamos perdidos en nuestro mundo, vagando de un lado a otro sin encontrar la salida.  Algunos salen, otros quedan vagando en la nebulosa del olvido. 

¿Cómo salir? No hay una receta mágica. Suelen decir los médicos que el primer paso para recuperarse es reconocer que se está enfermo. Cuando te lesionas un brazo o una pierna te hacen una radiografía y en la placa ven si está fisurado o fracturado, según eso te enyesarán y te recomendarán el tratamiento a seguir con la posterior recuperación a través de ejercicios kinesiológicos. 

Cuando tu cerebro, la que gobierna tu cuerpo, tu Yo y tu súper Yo está enfermo, ¿cómo saberlo? Ni siquiera una tomografía computada te dará indicios de enfermedad alguna, salvo que sea algo físico en tu cerebro, por alguna lesión, la rotura por ejemplo de un vaso sanguíneo (ACV). Yo hablo de tu cerebro el que hace que tú seas “TÚ” y no otra persona. Seguramente un médico a través de algunos indicios externos (comportamientos, cambios de conducta, manías, etc.) le indicarán que tu cerebro está enfermo. Aún cuando esos indicios al médico le indiquen la enfermedad de tu cerebro, ¿cómo puede saber el grado, el tipo y la medicina correspondiente con certeza? Sólo hay una forma: Prueba y error.  A esto debemos sumarle que hay malos profesionales que no se interesan por su paciente y tampoco se preparan para ser mejores profesionales. Otros indicios que pueden servir al enfermo que quiere curarse es cuando un amigo le dice, por ejemplo: “Antes, tú no eras así, eras de otro modo” ¡Caramba!

Como decía un querido amigo, el Dr. Augusto Flores Cárdenas (Médico Psiquiatra),  “para curarse, el primer paso es entender y aceptar que estamos enfermos”. Es el punto de partida. 

Si entendemos nuestra enfermedad y nos aplicamos, saldremos adelante y nos curaremos. Por supuesto deberemos de ser metódicos, deberemos mantener al cerebro ocupado. Seguro han escuchado la frase que dice: “La vagancia es la madre de todos los vicios”. Cierto. Más allá de la vagancia del cuerpo, principalmente la vagancia del cerebro. 

Una vez que lo hayas superado, los demonios siempre atacarán, siempre acecharán entre las sombras. Hace unas semanas atrás había dejado de fumar, por una cuestión de salud y por una cuestión de cambio de ciertos hábitos para ordenar mi cerebro y mantenerlo sano. Hoy, revisando y limpiando algunas cosas me topé con un paquete de cigarrillos, lo abrí, dentro había tres cigarrillos en perfectas condiciones. Me miraron. Me sonrieron. Los saludé. Los tomé y los partí en el medio, así nació esa foto.

La imagen de la fotografía es una metáfora. He salido del infierno y no tengo la intención de regresar. Mi cerebro se ha curado. Creo que empecé a curarme el día que entendí que estaba enfermo. Sus ojos también me han curado. Ella siempre es mi mejor medicina. La familia, también son parte de esa curación. Por supuesto, tampoco crean que estuve “Chapita” ni que estuve esquizofrénico, así que no esperen que gane un premio Nobel como “John Nash” de quien hicieron una película: “Mente Brillante”

Metafóricamente hablando, los demonios siempre van a querer atraparnos desprevenidos, siempre van acechar en las sombras. Cultivemos los buenos hábitos y cada tanto, hagamos catarsis. 

Volví a la iglesia. Al ingresar me persigné y dije: “Señor no soy digno que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.

Por Miguel Ángel Villegas

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