20 mayo 2018

A LA MIERDA, LO LOGRASTE

La ciudad de Buenos Aires suele reunir todo tipo de personajes. Eso, supongo que la convierte en una ciudad diferente. Desde que llegué en el ‘92 a Buenos Aires observé a la ciudad y sobre todo a sus habitantes. Mis compatriotas fueron los primeros en mi observación. No eran lo mejorcito que había. Muchos daban vergüenza. No voy a entrar en detalles, por ahora, no vienen al caso. Me fui alejando poco a poco de la Colectividad peruana en Buenos Aires hasta quedar finalmente difuminado entre sus callecitas empedradas. Les rehuí a los otros peruanos, como a la peste. Hoy, de aquellas épocas tengo uno o dos amigos. Decir peruanos en Buenos Aires durante los ’90, era sinónimo de “Punguista” (pájaro frutero), “Okupa” (Tomaban casa y se instalaban sin pagar un solo centavo. Se quedaban por muchos años). El barrio del Abasto era sinónimo de delincuencia, todos acusaban a los peruanos. Y los peruanos no se quedaban atrás, drogas, asesinatos. 

Por supuesto, también aún quedaban aquellos recuerdos de esos “otros peruanos”, que según palabras de muchos argentinos que lo vivieron, decían: “Los peruanos alquilaban Palacios y hacían fiestas fastuosas”.  Yo, no tuve la fortuna de conocerlo, pero si a muchos de los que ahí estuvieron.

Hoy, domingo 20 de mayo de 2018, casi cerca del mediodía, cuando ya estaba a punto de almorzar entró un llamado de uno de los “Doc’s”, el “otro Doc”. Me extrañó, nunca me llama un domingo. Lo más habitual es un viernes, para ir a cenar o un sábado para ir a almorzar comida peruana, en alguno de nuestros habituales restaurants conocidos. 

A mi tradicional “Hola, buenas tardes”.
— ¿Te enteraste?— me preguntó.
No tuve tiempo de reaccionar ni de repreguntar, porque al segundo siguiente.
—¡Falleció Augusto!— me dijo.
Por algún momento pensé que era un mal chiste. Reaccioné. Con mi interlocutor tenemos una conexión que nos entendemos en pocas palabras. Unos cuantos intercambios y nos despedimos. No había nada que charlar. 


Una tarde del año 2011, mientras revisaba mi cuenta en la incipiente facebook me topé con una especie de aviso que decía algo así: “CASA DEL PERÚ, invita a Ud. a la charla que dará sobre la situación política y económica del Perú”.
“¿Qué carajo dirán estos locos?”, pensé. Me dí tiempo y asistí. Me presenté, charlé con algunos y ocupé una de las sillas que habían ubicado al efecto aquél día para la charla. Minutos más tarde pidieron a los asistentes armar una ronda con las sillas. Todos eran peruanos.

— ¡Todos van a participar!— dijo uno de los que, al parecer invitaban al evento. Sin más prolegómeno se presentó—, me llamo Augusto Flores Cárdenas, muchas gracias por venir. Siéntanse como en su casa, aunque sea prestada. 

La charla continuó. Todos intervenimos, nadie pudo escapar al interrogatorio de Augusto Flores Cárdenas, que luego descubrí que era médico Psiquiatra, ya que todos anteponían a su nombre el “Dr.”. Charla va, charla viene. Llovieron las preguntas y las contestaciones. El plato fuerte se dio cuando el Dr. Augusto Flores Cárdenas se enfrasco en una discusión con otro médico (Arce Picasso, creo que ese es su apellido). Para mí, fue la cúspide. Parecían Umberco Ecco y Gianni Vattimo, disertando sobre “La razón”, con fundamento, sin insultos ni groserías. Era ciencia en su máxima expresión. 

Desde entonces comencé a frecuentarlos. El grupillo habitual era, el Dr. Dovar Rojas; El Dr. Augusto Flores Cárdenas (QEPD); el Dr. Víctor Pebe Pueyrredón; el Ing. Pablo Preciado (QEPD); El Ing. Montes (QEPD), El Agr. Neptalí Idrogo; El Dr. Víctor Galarza QEPD); Lic. Carlos Campanario (Enfermero argentino). El punto de reunión de los jueves o los viernes, era en el café LA ACADEMIA en avenida Callao 368. 

A veces, pedíamos “El Académico”, que era una especie de cerro San Cristóbal de sandwich’s de miga. Con el tiempo, ya me fueron tomando confianza y me convertí en uno más de ellos, pese a que me llevaban treinta y cinco años (35) de diferencia, con algunos algo más. Las cenas empezaron a poblar nuestra amistad. Disfrutaba de esas tertulias. Las reuniones eran interminables, solían comenzar a las 17:00 a 18:00 y podían extenderse hasta las 23:00. Se tocaban todos los temas. Siempre había espacio para los chistes, la “cargada”. Yo, era uno más. Siempre me permitieron bromear con ellos, supongo que también era porque sabía cuál era el límite entre el chiste y la ofensa.

Hicimos trabajo social. Los médicos y los abogados durante cuatro años asistimos cada quince días, los días domingos a dar asistencia gratuita en algunas villas de Buenos Aires. Fue una época gratificante. 
Poco a poco, fui conociendo sus costumbres, sus manías, sus latiguillos y sus formas de bromear. El Dr. Augusto Flores Cárdenas, era de aquellos que siempre buscaba la unión, el compartir y no la individualidad. Propugnaba el Trabajo en grupo. “Ahí se crece más. El otro siempre tiene muchas cosas para aportar”, decía. 
— ¡A la mierda!—, decía, cuando algo lo había sorprendido.

Durante su juventud fue periodista. El destino –me contó- quiso que fuera médico y no periodista. Estaba trabajando en el diario “El Mundo” y estaba por salir de ser reportero a tener un espacio propio. En ese preciso momento, había terminado la parte general de medicina y debía especializarse. Se había postulado al Hospital Militar para hacer la residencia en Psiquiatría. 
—¡El destino quiso que me saliera primero la residencia en el Hospital Militar, así que tuve que renunciar a mi trabajo en el Periódico El Mundo— me contó, donde entrevistó a las personalidades más importantes de la Argentina de aquella época.

Me contó también como le nació esa vocación, siendo muy pequeño. Pero, en eso voy a ser egoísta y me lo voy a guardar para mí, con todas esas cosas vividas, esos proyectos inconclusos. Quería sacar un libro y estábamos trabajando en ello desde hace un par de meses. Quizás en el futuro, escriba algo de eso que queríamos hacer, pero ya no será lo mismo. 

Para hablar de Augusto Flores Cárdenas, el médico Psiquiatra peruano que llegó a Buenos Aires en la década del ’50, tendría que escribir un libro. Hoy no me encuentro con la sensatez necesaria, las emociones me traicionan. 
“Ha fallecido Augusto”, dijo el Dr. Dovar Rojas. No supe que responder. Pensé que estaba teniendo pesadilla. “Estas ahí”, dijo el Dr. Rojas. “Estoy”, le respondí. Nos despedimos. Me senté y alma se me cayó a pedazos. Las lágrimas llegaron solas. Para muchos fue el Dr. Augusto Flores Cárdenas, para mí mucho más que eso. Ha sido uno de mis mejores amigos. 

Cuando lo llamaba “Doc”, en ese simple “Doc”, estaba todo el sentimiento y afecto que nos unía. En los últimos meses, solíamos reunirnos en su casa en Hurlingham. Llegaba a tomar el lonche. Ese era el pretexto para la tertulia y para ponernos a trabajar en el proyecto. 
—¡Tenemos que publicar un libro!— me decía.

Cuando vuelva a viajar por aquella zona, ya el lugar me parecerá vacío. Ya no habrá cafés con leche y medialunas o algún bizcochuelo que había preparado Beatriz, su esposa. Seguro cumpliré ese sueño de publicar un libro, aunque no sea como él lo hubiera querido. 
Estoy seguro, que el día que publique mi primer libro, llegará el día de la presentación. Sonreirá como siempre, me dará un fuerte abrazo. 

¡A la mierda, lo lograste!— dirá.

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