23 marzo 2008

LUCIERNAGAS

LUCIERNAGAS


Los rayos del sol comenzaban a bajar por las cumbres desperezando a las flores de su sueño de invierno, a las ardillas y a los zorros. Mientras recorría los caminos, los arroyos, el campo se fue llenando de ruidos.
En el gallinero de los Vilchez, el viejo gallo colorado se estiraba las alas saltando y aleteando como si danzara Zorba el Griego. Llenó de aire sus pulmones y lanzó su primer canto, anunciando que la primavera había llegado.
Herminio, que se había despertado temprano trataba de calzarse sus viejas botas, debía hacerlo ya que había llovido toda la semana; esos días lo ponían de mal humor; su reumatismo y el invierno eran un suplicio para él.
—¡Por fin la Primavera!— se dijo Herminio— Ya me tienen podrido estos dolores.
—¡Es la vejez!—le respondió Catalina desde la cocina, donde preparaba el desayuno: Tostadas, un poco de tocino y un buen plato de mazamorra para levantarle el ánimo.
—¡Es una vaina, llegar a viejo!—prosiguió lamentándose Herminio, mientras se sentaba a desayunar.
—¡Vamos... Viejo!, Desayuna tranquilo y ve a recorrer el pueblo, el encierro te pone de mal humor—le contestó Catalina acariciándole los cabellos canos y entendiendo lo que le sucedía a su marido.
Era cierto, estar en su casa lo enclaustraba, por ello salía a recorrer el pueblo para sentirse libre y sin ataduras. Un hombre como él que había recorrido todo el país sin tener que darle explicaciones a nadie, no podía estar mucho tiempo entre cuatro paredes, aunque siempre regresaba al pueblo donde había crecido. “Es la Querencia”solía decir cuando se reunía con sus amigos de infancia; ellos también habían envejecido y tenían sus propios problemas y sus propios dolores. Se reunían todos los domingos por las mañanas. Siempre en el barcito de Gumersindo, un lugar añejo, con un par de bancos de madera y una mesa que habían fabricado con los restos de una vieja puerta; no habían podido conseguir algo mejor, la guerra los había empobrecido. Fueron llegando poco a poco. Primero Fortunato, luego Petronilo, Sebastiano y Policarpo: los amigos de siempre. Lo que en un principio eran quejas y lamentos, se fueron tornando en risas y recuerdos, o acaso era el efecto de las copitas de cogñac, con las que gustaban acompañar sus charlas. Todos los años les sucedía lo mismo, la primavera los rejuvenecía. Cómo si el tiempo generara sus vacíos, eran transportados a sus 10 años. Así, de pronto, Herminio vio su imagen reflejada en el gastado espejo que habían empotrado en el fondo del bar y se asombró de lo que ella le devolvía. Aquél muchachito, llevaba unos pantaloncitos cortos de color café, una camisita azul a rayas y la boina negra que su padre le había regalado para fiestas patrias. Sus amigos estaban vestidos muy parecidos; vio a Petronilo con el pequeño Jopo que solía peinar con esmero, “Debo cuidar mi Imagen” decía, quería ser cantante. Mientras pensaba en lo gracioso que parecía su amigo, una voz lo sacó de su silencio. Lo sacó de su sueño.
—Vamos hijo, Levántate, ya está servido el desayuno—le dijeron de algún lado de la casa.
—Recuerda que hoy iremos a misa por la salud de los ancianos del pueblo—le volvió a decir nuevamente la voz.
—Esta bien, mamá—respondió él.
Se dio cuenta que la voz de su madre venía de la cocina. Se levantó semidormido y como pudo agarró sus pantuflas. Arregló su mechón rebelde y se encaminó siguiendo los aromas y los sonidos de ollas y platos. Cuando por fin la pudo ver.
—¡Buenos días, mami!— le dijo, al tiempo que se arrojaba a sus brazos.—¿Qué hay para comer? ¡Tengo mucha hambre!.
—¿Te lavaste las manos?—preguntó su madre, acariciándole el rostro.
—Sí, mira—Contestó, mostrando sus manos perfectamente aseadas.
Se sentó a la mesa y en silencio tomó desayuno: Quaker con leche. Lo acompañó con chicharrones y pan francés. Comió apurado, se debía apresurar para juntarse con sus amigos, hoy jugarían a la pelota hasta mediodía solamente.
—¡Qué problema... sólo medio día!—decía para sus adentros.
Desayunó lo más rápido que pudo y cuando hubo terminado se despidió de su madre y salió corriendo rumbo a la plaza del pueblo, donde se encontró con sus amigos. Se divirtieron con la vieja pelota que le habían obsequiado para su cumpleaños. Por la tarde fueron a misa, que siempre solía darlo el “Padre Francisco”. Asistían a la iglesia a pesar que no entendían nada pues la misa era todo en latín, sin embargo, no dejaban de concurrir por que a ellos les parecía divertida la imagen del “Padre”: Un hombre alto de hombros anchos y brazos gruesos debido a su pasado de leñador en el Amazonas. Tenia los cabellos canos, como si una nube se hubiera posado sobre su cabeza, siempre sonriente y dispuesto a colaborar con aquellos que lo necesitaran.
Herminio y sus amigos solían visitarlo en la sacristía, un poco por las charlas y consejos que les solía dar y otro por los dulces y caramelos que les regalaba si se portaban bien en sus casas, aunque ellos sabían que realmente lo visitaban por las golosinas.
Pasaron toda la tarde jugando entre ellos y con algunos otros chicos que habían venido por las vacaciones de la mitad del año. Ayer había llovido. Las calles estaban llenas de barro y los campos poblados de rocío. Sabían que todos los años el 21 de septiembre, ya no llovía más y se la pasaban cazando abejorros, les ataban un hilo y les hacían llevar pequeñas cosas como si fuera un avión comercial; cuando al bichito lo veían agotado le concedían la libertad, atrapando otro. Trataban de pasar las horas como sea, por que ellos, tenían sólo una idea en sus cabecitas: ¡Que llegara la noche!.
Se fueron a sus casas cuando ya había oscurecido y la luna empezaba a recorrer la elipse de siempre, pavonada por las últimas nubes que habían quedado del invierno. Cenaron, en realidad el pueblo tenía por costumbre cenar a las ocho de la noche, luego salían a charlar con sus vecinos en las puertas de sus casas. Era un hábito que habían heredado de los primeros pobladores: Sus abuelos.
Su madre, sabía muy bien que Herminio se iría apenas lo llamaran, por ello comenzó a darle los últimos consejos.
—Cuídate, con la tierra húmeda salen las víboras y puedes pisarlas.
—Sí, mamá—respondió Herminio.
—Recuerda que son sordas—continuo la madre—Te muerden al primer roce que sienten.
Mientras él la escuchaba atentamente, de afuera gritaron:
—¡¡¡ HERMINIO... YA LLEGARON!!!!
Le dio un beso a su madre y salió corriendo. Abrió la puerta y en aquella oscuridad sus ojos vieron millones de lucecitas, cruzando la noche de un lugar a otro, prendiendo y apagándose intermitentemente, habían regresado como todos los años, el primer día de primavera después de las últimas lluvias. Su mente se electrizó por la emoción y por algunos segundos quedó petrificado, mirando el todo y la nada de aquella noche.
—¡¡LLEGARON... LLEGARON!!—gritó una voz y lo sacó de ese mutis en el que había caído. Volvió a dominar su cuerpo y se perdió entre las calles.
Se juntaron los amigos y empezaron a correr de un lado a otro, tratando de atraparlos... hasta que... ¡por fin! Herminio agarró uno y siguiendo el ritual de siempre, lo tomó y escribió con él, su nombre en su pulóver gris, luego el de su madre. Así, cada vez que se extinguía la luz atrapaba otro. Con cada nueva lucecita en sus manos escribía un nombre diferente y por supuesto no podía olvidarse de escribir, el nombre de aquella muchachita pecosa que vivía en la casa de enfrente, pero no se acordaba de su nombre, recién la había conocido y le había sonreído. Sus amigos lo vieron indeciso, se dieron cuenta que estaba tratando de recordar algo, entonces a coro dijeron—¡¡¡SE LLAMA CATALINA!!!—y así escribió el nombre sobre su pecho, como si estuviera firmando un contrato sagrado, un contrato con la naturaleza que le obsequiaba esa lucecita para grabar sus sentimientos.
Estuvieron hasta cuando empezó a rayar el alba del nuevo día; ya cansados, se fueron a sus casas. Su madre escuchó cuando entraba a su dormitorio.
—Abrígate bien—le dijo— para que no te resfríes.
—Sí, mami—respondió él.
Se acostó y de lo agotado que estaba, se quedó profundamente dormido.


No pudo saber cuanto debió haber descansado. Mientras iba abriendo los ojos y despertando lentamente, escuchó risas y voces que lo llamaban. En eso sintió que alguien tiraba de su chaqueta y le decía:
—¡Abuelo... Abuelo! ¿Esta noche me acompañas a cazar lucecitas?
Se terminó de despertar y mirando alrededor vio la carita tierna de su nieto y le respondió—¡Si Coquito, claro que te acompañaré!
El pequeño salió corriendo y se fue donde su Abuela Catalina. Mientras, Herminio, ya despierto, siguió con sus tertulias de siempre, pero feliz de aquel sueño. Los años habían pasado y él, se sintió afortunado de tener esos recuerdos con sus viejos amigos, con quienes solía reunirse todos los domingos en el “Barcito” de Gumersindo, donde solían acompañar sus charlas con copitas de cogñac.
Aquella Noche, los inseparables amigos, recorrieron las mismas calles llenas de barro, pero acompañados de sus nietos, para atrapar luciérnagas que siempre llegaban el primer día de primavera.


Copyrigth © Guillermo Ventura.
Junio/2002.

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