12 mayo 2018

TEMBLOR, TEMBLOR, TEMBLOR


El destino lo ha llevado por caminos insospechados. Algunos los ha buscado, otros le llegaron de manera imprevista. Todos le dejaron enseñanzas que los supo aprovechar a lo largo de su vida.
Guillermo Ventura, jamás pensó dejar su barrio de callecitas angostas y pobladas de miles de balconcitos. Solía pasear al caer la tarde por la avenida Tacna, jirón Callao, Cailloma, Huancavelica, Ica, hasta desembocar en jirón de la Unión donde irremediablemente terminaba en la Churrería ubicada a metros de la iglesia La Merced, donde se pedía un par de Churros con manjar blanco y los acompañaba con una buena taza de chocolatada caliente. Una delicia para su paladar.

Cuando llegó a Buenos Aires en la década del ‘90, extrañó. Tuvo que acostumbrarse al mate con bizcochitos de grasa, medialunas o alguna torta frita. Llovía. Llovía torrencialmente que tuvo que aprender a salir de casa con paraguas aquellos días que al mirar por su ventana, el cielo estaba nublado.
Llegó a Buenos Aires cuando estaba comenzando el otoño. Mucho viento. El frío le escarapelaba el cuerpo. Aprendió a usar calzoncillos largos bajo sus pantalones. Se acostumbró.
En una época la Plaza Constitución estaba cubierto de jardines al cual los vecinos salían a pasear para tomar sol o simplemente a sentarse en los bancos de madera para disfrutar el dia. Guillermo Ventura que si bien no vivía en la zona, solía frecuentar aquél lugar muy seguido para visitar a sus amigos.

Aquella mañana, se levantó más temprano que de costumbre y luego de desayunar se encaminó. El colectivo 53 lo dejó en la Plaza. Se encontraron. Algunos trabajaban en la zona y salían recién al mediodía. Los sábados siempre son más tranquilos. Ese día la temperatura marcaba diez grados en los termómetros. Por suerte para ellos el sol estaba radiante y mientras esperaban que salieran de sus trabajos los que faltaban, Guillermo Ventura se recostó sobre el pasto. La tierra y el pasto le devolvieron un poco del calor que habían acumulado. Se aletargó y se quedó dormido. Soñó. Soñó que recorría nuevamente las callecitas angostas del centro de Lima. Le dieron ganas de ir a jirón de la Unión a comer churros con chocolatada caliente. Caminó. Cuando estaba por llegar a la iglesia de la Merced escuchó un fuerte ruido que se estaba acercando a él con gran velocidad. Miró a todos los puntos cardinales para descubrir cuál era la dirección de semejante bochinche. El ruido rebotaba en los balconcitos, eso lo despistaba. Luego rebotaba en los ventanales de las iglesias evangélicas, de modo tal que cuando llegaba a sus oídos era un ruido difuminado. De pronto, la tierra comenzó a temblar. Todos comenzaron a correr de un lado a otro estrellándose entre ellos sin llegar a ningún lugar, por el contrario terminaban en el piso, amontonados. Lo único que atinó Guillermo Ventura fue gritar “!TEMBLOR, TEMBLOR!.
Fue peor, todos corrieron a meterse a las iglesias para rezarle a Santa Rosa de Lima para que no se cumpla la profecía que ella había anunciado: “un día los barcos atracarán en la Plaza de Armas”.  

Por inercia Guillermo Ventura siguió gritando !TEMBLOR, TEMBLOR!
- !Guillermo, Guillermo! - escuchó que alguien lo llamaban. Agudizó bien sus sentidos para prestar atención al llamado.
- !Guillermo, Guillermo, despierta!
Despertó, por el llamado y por el estruendoso ruido que lo hizo sobresaltar y siguió gritando !TEMBLOR, TEMBLOR!.
- Calma, no pasa nada. Acá en Buenos Aires no hay temblores. Solo es el ruido del subterráneo.
Guillermo Ventura aún incrédulo, mientras trataba de terminar de despertar para comprender si el ruido era temblor o el ruido de los vagones de la formación del subterráneo que en ese momento pasaba por una de las “tomas de aire” que daba al parque donde se había quedado dormido.
Se despertó. Comprendió su error.
Se levantó. Sobrio. Soportó estoicamente la burla de sus amigos. No lo molestaron tanto. Sabían que Guillermo Ventura no era un hombre de aguantar pulgas, así que la chacota, poco a poco se fue difuminando hasta desaparecer. Llegaron
Los demás. Jugaron una “Pichanguita”.

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